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Table of contents

Tanto los estadounidenses como los ingleses habían trasladado el centro de gravedad de su interés a otras zonas del mundo que prometían rebasar ampliamente las riquezas del subsuelo mexicano. La proximidad de una guerra mundial había alterado la geopolítica y por ende las prioridades estratégicas.

Para las empresas, el problema de fondo era el temor de que el ejemplo se extendiera a los campos petroleros de Venezuela, en donde ya de diciembre de a enero de se había registrado la primera gran huelga de la industria en aquella nación. Ceder a las demandas de los trabajadores mexicanos era mandar un mensaje que pondría en riesgo las operaciones en Sudamérica. Para el gobierno mexicano, una solución de medio camino entre las partes no habría bastado para generar el efecto simbólico necesario para impulsar una movilización popular que blindara al régimen contra una creciente oposición política doméstica y cada vez mayores presiones externas.

La inglesa Royal Dutch Shell tomó por su cuenta promover el desprestigio de México en Europa y fue cabeza de lanza de acciones legales para incautar el petróleo mexicano en los mercados internacionales bajo la acusación de que se trababa de un producto robado. Para impulsar tal propósito compraron plumas, espacios y prestigios en la prensa de Estados Unidos, en la de México y en la de naciones europeas.

Otra vertiente fue que el país estaba en vías de convertirse en un enclave del fascismo en América, en donde el nacionalsocialismo construía una plataforma bélica para atacar a Estados Unidos. Pero la verdadera preocupación de las empresas petroleras no eran las pérdidas económicas — con el tiempo se revelaría que el valor de las instalaciones industriales era en realidad una fracción de lo que reclamaban y la producción del hidrocarburo había descendido notablemente — sino la posibilidad de que el ejemplo de México cundiera en la región, se exacerbaran el nacionalismo y el antiimperialismo y se desatara una ola de expropiaciones en América Latina.

Como ha observado el profesor de la Universidad de Texas, Jonathan C. Fue entonces una lucha ideológica la que el cardenismo libró.

El gobierno mexicano operó contracampañas que fueron particularmente exitosas si se considera el contexto político de la época y la desigualdad de recursos de que disponían las partes. Para la contraofensiva propagandística, tenía a su servicio un aparato de comunicación bien estructurado: el Departamento Autónomo de Prensa y Publicidad, organismo con rango de secretaría de Estado, dotado de fuerza política y recursos técnicos, si bien no de medios económicos equiparables a aquellos de los que disponían las petroleras.

La Standard Oil y la Royal Dutch Shell tenían bolsillos muy profundos, en tanto que México era un país al borde de la quiebra. Las petroleras pudieron financiar campañas internacionales; México tenía problemas para enviar personeros a buscar apoyo social y político en Estados Unidos y en Europa.

Las petroleras subvencionaron publicaciones importantes en ambos países; México imprimió unos cuantos folletos que se distribuyeron selectivamente, si bien en varios idiomas. No hay una respuesta unívoca ni sencilla. Existe una multiplicidad de factores que deben analizarse para arrojar luz sobre la pregunta. Pero un hecho clave radica en la diferencia intrínseca de la propaganda de las partes. Estudiar la propaganda mexicana en este escenario es fundamental para comprender la naturaleza del régimen cardenista.

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El cardenismo no pudo haber trascendido en ausencia de su aparato de propaganda. Lenin ibíd. En consecuencia no tengo reparo en utilizar ambos términos indistintamente y me parece que con justicia se pueden aplicar para describir esta faceta del Divisionario de Jiquilpan. Desde muy joven comprendió que el éxito de la lucha política pasa por la organización y dirección de la energía social de las masas.

A este fin aplicó su notable disciplina y fuerza de voluntad. La guerra de la prensa. Naturalmente fue en la prensa de Estados Unidos y de Gran Bretaña, los dos países afectados, en donde el hecho tuvo mayores espacios. Kluckhohn, y sus notas eran frecuentemente retomadas por otros medios. Si bien no se registraron casos de violencia física en contra de ellos o de sus familias durante la toma de las instalaciones en diversos puntos del territorio, algunos incidentes se inflaron desproporcionadamente y dieron la idea de una inminente persecución que evocaba a la que sufrieron los extranjeros durante el alzamiento de los bóxers en China a principios de siglo.

El supuesto incidente fue reproducido por otros diarios y se generó un ambiente de alarma por la seguridad de aquellos ciudadanos. Ni el New York Times ni Kluckhohn aclararon posteriormente la información. Lo anterior conforme lo dispone el artículo séptimo transitorio, en el que da días para que el Ejecutivo Federal expida los decretos de transformación. Otro efecto de la desincorporación de los bancos fue que sus trabajadores, sin perjuicio de sus derechos , ahora se van a se regir por el apartado A del artículo de la Constitución y la Ley Federal del Trabajo cuando se convirtieron en bancos privados.

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Diario Oficial de la Federación. Acosta, Carlos. Ortega Pizarro, Fernando. Guerrero Chiprés, Salvador.

México, D. Suplemento Especial. Pescador, Fernando. Rangel M. Fuentes -Berain, Rossana. Ornelas, Andrea. Acevedo Pesquera, Luis. Varela Mayorga, Rita. Derecho Bancario. México, Trillas, México, A brief history of Argentina monetary procedures. The cost of the Seinoriage lost. Interest rates. Como en México no existe ni existía entonces gran industria, se preocupó por los intereses de la propiedad territorial con un empeño exclusivista que lo aproxima mucho a los fisiócratas.

Conocía el inestable equilibrio social de México; pero se negó a admitir que los males alcanzasen remedio si se utilizaba la violencia. En su opinión, había que reformar los abusos no tocando a las perso- nas sino cuando fuese necesario. Mora carecía ini- cialmente de toda prevención contra los soldados y sus jefes. En cada revuelta, después de tratada la paz entre los representantes de las dos fracciones del ejército, había una catarata de inmoderados ascensos para los vencedores.

Pronto las obligaciones que por este concepto tuvo que soportar el pre- supuesto nacional fueron abrumadoras, y cada nuevo régimen las hacía au- mentar. La milicia, decía Mora en , deriva su poder especial del ejercicio de la fuerza bruta en veintiséis años de guerras civiles.

Es un Papa, sin las molestias del pontifi- cado, y con la décima parte de su responsabilidad, cuando mucho. Es objeto aquí de una venera- ción superior a la que en la adelantada Roma se profesa a Su Santidad y, a la manera de los reyes del buen tiempo viejo, es infalible.

Su Palacio de la capital, su carruaje sibarítico, sus magníficos caballos y sus mulas de suave andar, sugieren ideas de perfección en materia de conforte. Con todo y que Mora supo vigilarse, en sus escritos abundan las frases de claro matiz escolar, doctorales y rotundas. Pero su confian- za en la nobleza de sus miras era tal, que estaba seguro de que la repulsión de los indecisos debía desaparecer ante los resultados que las reformas brindarían.

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Fracasó en el intento porque careció de tiempo para preparar a los espíritus, y porque su brazo ejecutor flaqueó en una hora decisiva. En actuó como consejero de don Valentín Gómez Farías y tomó parte muy considerable en la resolución de los problemas de gobierno mientras el honorable médico jalisciense estuvo encargado del poder ejecutivo.

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A Mora corresponde el honor de haber puesto las bases de la enseñanza laica en México, al disponer con la propia mano el decreto justamente célebre del 19 de octubre de Esto se vio muy claramente al triunfo del Plan de Ayutla, y la lección fue tan convincente que, todavía hoy, siempre que en este país las sotanas y los solideos andan en amable compañía con los sables y las charreteras, sentimos que, nuevamente, parece quedar en peligro la libertad.

Mora vio esto con penetración, y es por ello por lo que en su Revista políti- ca no disimula el papel importantísimo que había asignado a la guardia cívica de los diversos estados de la federación, frente a la milicia tradicionalista que hacía impracticables las reformas. Abundante habría sido la cosecha si Gómez Farías hubiera podido sostener- se en el poder; pero don Valentín no procedió con la decisión que el momento demandaba y, en lugar de apoderarse del turbulento SantaAnna y hundirlo en un presidio, le faltó resolución en la hora precisa y permitió por su pusilanimidad el desencadenamiento de la venganza del partido ultramontano que acabó con las reformas hasta entonces conseguidas.

Y antes que solicitar clemencia o abjurar de sus conviccio- nes políticas, resolvió salir por determinación propia al ostracismo, a pesar de la poderosa influencia que para impedirlo ejercieron sus amigos. En sus escritos de destierro vemos que su devoción por la libertad de comer- cio no sufrió mengua. Consideraba que el interés individual y no la protección siempre ruinosa de los gobiernos es lo que debe fijar la inversión de los capitales y determinar la industria de un país.

Puso en la acción enardecida de la política razón fría y aguda reflexión. En los escritos de su primera juventud lo vemos citar a sus maestros europeos en grandes parrafadas, y no pocas veces brota victoriosa su pedante- ría. Quiso ver en el mando a un grupo selecto, una aristocracia de la inteligencia que debía dirigir los servicios sociales y los administrativos. Vivió en los años en que el socialismo vegetaba, aun en Europa, como una fuerza estrictamente académica.

Nada extraño resulta que su individualismo in- transigente haya tenido una clara tendencia hacia la formación de una fuerte minoría civil, enemiga del clero y del ejército y que, por elegancia, debía mante- nerse cuidadosamente apartada de las masas populares. Es el suyo un optimismo en descenso. En sus escritos notamos una visible gradación. No faltan continuadores de sus adversarios que, para situarlo históricamente, le reprochan como defecto funda- mental su tuberculosis Planchet.

También se intenta explicar su lucha contra el poder abrumador que entonces tenía la Iglesia, insistiendo en sus relaciones con la masonería.

No es posible negar que Mora actuó dentro de las logias escocesas en puestos de responsabi- lidad; pero los que encuentran el origen de su posición política en manejos de sociedades secretas, ocultan la opinión que de las logias llegó a tener el reforma- dor guanajuatense, sobre todo después de la pintoresca fiebre masónica que padecimos durante el gobierno de don Guadalupe Victoria. Mora fue uno de los escritores mexicanos que sintieron urgencia de tomar la pluma después de haber leído a don Carlos María de Bustamante.

Porque tenía demasiadas cosas importantes que decir, no permitió que su mensaje quedara ahogado por datos accesorios. Un potente espíritu crítico le permitía llegar a los hechos esenciales y someter a ellos las ocurrencias secunda- rias. Por desgracia, esta capacidad de sacrificar el lastre —forma de valentía y decoro literarios— es cada día menos frecuente entre nuestros historiadores. Estaban lejanos los tiempos en que llegaría a acep- tarse la diatriba histórica como expresión fundamental del género. De las obras del licenciado Bustamante tenía, con razón, muy triste concep- to.